CONTANDO HISTORIAS
A
Roque Dalton, hermano de leche
Oh Lucy, ¿por
qué no me clasificas
entre los
insectos que amas?
todo es
cuestión de atravesarme el cuello
con un alfiler
de mi tamaño
y colgarme
entre las crisálidas
con un hermoso
rotulito blanco: sábado.
El aire tibio
entre tu ropa y la juventud
es el aceite
que me he destinado, oh equivocado dolor,
pues en tus
ojos surgen bocanadas de un humo invisible
cual si
confesaras de pronto ser hija de una religión
prohibida.
Peregrino
eterno, pero dejado de la sabiduría,
persigo tu
verdad, que es falsa y bella.
R.D., de Taberna
y otros lugares.
La historia del
trotskista chino se la oí a un salvadoreño que estuvo por aquí. Era, al
parecer, de las Fuerzas Populares de Liberación, y antes de referirla
se cansó
de decir al que quisiera oírlo que Joaquín Villalobos, comandante en
jefe del
Farabundo Martí, fue quien ejecutó la sentencia de muerte sobre el
poeta Roque
Dalton, acusado por una fracción del ERP de ser “agente de
--¡Como
a un perro, carajo! –gritaba--. ¡Cómo se mata a los traidores, por la
espalda,
Villalobos le disparó con una .45!
Esa
noche, luego de que Mauricio y Ramón leyeron poemas en una oscura
cafetería de
Reforma, fuimos a la casa de El Abate a echarnos unos tragos. Ahí, ya
ebrios, después
de la revelación que nos hizo el salvadoreño, Mario Raúl empezó a decir
algunos
fragmentos de Taberna hasta que llegó
al de “Oh Lucy, ¿por qué no me clasificas entre los insectos que amas?”
--Por
fin –dije-- encontré el epígrafe para una narración de atmósfera
oriental que
precisamente le voy a dedicar a Dalton, no sólo por los versos que tan
inesperadamente brotaron en medio de la noche, sino porque va bien con
el tono
general de su poema Historia de un amor,
preñado de las emocionales desgarraduras entre un nativo del país
tropical más
pequeño del mundo y esa Lucy checoslovaca de senos donde revolotean la
leche y
las palomas, como dice Enrique Lhin, y la que yo he inventado. La
historia es
simple:
Principia
en la década del ’70, cuando pulularon los “focos” guerrilleros en
América
Latina gracias al triunfo de la revolución cubana y a la consigna
guevarista de
hacer del continente uno, dos, tres, muchos Vietnams. Un revolucionario
de
cualquier país de la cintura continental se desplaza a
Ha
oído que los artesanos chinos, por medio de su artificio y su
paciencia, pueden
pintar el Yang Tsé Kiang y sus valles sembrados de arroz y de bambú en
la
cabeza de un alfiler, pero su dogmática formación le impide creerlo. En
una
tienda donde lo mismo hay modernas calculadoras de memoria automática
que
sables samurai de la dinastía Tsing, descubre el objeto: Sobre el Río
Amarillo,
las cumbres de dos montañas arboladas de verde, gris y café semejan los
apacibles senos de una mujer, cuyos ojos se dibujan en las nubes, y dos
golondrinas, en atrevido flirteo, le enarcan las cejas; el agua, que
corre
hacia el valle preñado de naranjos en flor, se bifurca en las piernas
de la
oriental, que termina por cubrir el mapamundi de ese orbe. Una obra
maestra,
sin duda. Piensa en Teresa, su compañera, y decide que sería un buen
regalo
para ella. Pregunta por el precio al amarillo tendero, que parece
mandarín,
pero su respuesta se le hace excesiva. Para no perder el cliente
–seguramente
es el primero que en esa jornada penetró en el local de bisutería--, el
falso
mandarín urde otra historia:
El
alfiler perteneció a Chin Kua, una de las cortesanas del último
emperador de
los manchúes, apresada por los revolucionarios de Sun Yat Sen en 1911 y
decapitada en el acto. A la muerte del líder, ocurrida en 1925, el lote
de
alfileres quedó en poder del Comité Provincial del Kuomintang en
Cantón, bajo
la influencia de los comunistas. Durante la insurrección cantonesa que
en 1927
decretó
La
historia, probablemente inventada por el mercader, termina por
convencer al
latinoamericano, quien a pesar de su notorio interés por la pieza aún
regatea
el precio, pero la compra.
De
regreso en su país, luego de burlar la vigilancia de la dictadura, en
una casa
de seguridad de su “foco” en la capital de la sedicente República,
junto con el
alfiler hace entrega de su amor a Teresa, buscando resarcirse en ese
momento de
su larga separación.
Durante
su ausencia, las cosas han marchado bien. La escasa influencia del
“foco” en
algunas regiones rurales flageladas por el latifundismo y las sequías
se
amplió, pues a éstas siguió un periodo de lluvias torrenciales que
produjo
inundaciones a granel. Así, a dos departamentos donde se organizaba la
lucha campesina,
se agregan otros tres. Además, parte de su actividad la orientó a las
ciudades,
donde penetra con sus proclamas radicales en las escuelas de enseñanza
media y
superior. El “foco”, convertido en partido, prepara lo que en lenguaje
militar
se denomina “guerra popular prolongada”. Al recién llegado se le
encomienda
permanecer en la ciudad para preparar las brigadas de la guerrilla
urbana, y
halla campo fértil para sembrar sus enseñanzas principalmente en el
sector
estudiantil. A sus cátedras militares, el revolucionario suma su
preparación
teórica, que incluye la infaltable poesía. Se agencia una antología de
Roque
Dalton que regala a su amada Teresa, quien lo lee con devoción.
El
proceso inflacionario que sufre el país; la depreciación de sus
materias primas
exportables; las equívocas políticas agropecuaria y de desarrollo
industrial;
los déficit en las balanzas comercial y de pagos; y el desmesurado
endeudamiento externo, orillan al Estado militar a imponer austeras
medidas
económicas, que aguijonean a los trabajadores, y el sindicalismo
prospera.
Brigadas estudiantiles penetran en las fábricas, donde sienta sus
reales el
partido, que mantiene sus destacamentos en el medio rural.
El
contacto obrero-campesino-estudiantil que conmueve al país, orilla a
que la
dictadura empiece a tornarse dictablanda y levanta el intermitente
estado de
sitio desde la última insurrección agraria. Entonces el revolucionario
encabeza
una tendencia de “línea de masas” en el partido, opuesta a las tácticas
de la
vieja dirección “foquista” pero conforme con mantener el brazo armado.
Con las
diferencias se desarrolla una lucha intestina en el grupo
revolucionario,
atizada por el fuego de la lucha de clases, que se agudiza.
Nuestro
revolucionario ha encontrado, entre las jóvenes obreras reclutadas a la
organización, un nuevo amor; y Teresa, que ingresó en el partido por
él, ve en
esa “infidelidad” la consecuencia lógica de las nuevas posiciones
políticas de
su amado. Con despecho lo desplaza de su corazón. En recuerdo de su
amor, ella
permanecerá fiel a la línea de la vieja dirección, y forma filas con
los
“foquistas” dentro del combate fraccional.
En ese
periodo un vasto movimiento huelguístico afecta al país y se resuelve
en forma
favorable a las masas, que por la vía de los hechos logran arrancar a
la
dictadura un incremento general de salarios, la amnistía de todos los
presos
políticos –excepto los inmiscuidos en hechos de sangre-- y la promesa
de
convocar a elecciones en un lapso de dos años. Las articulaciones
rurales de la
organización, en cambio, sufren serios reveses al intentar fallidamente
la toma
de fincas para su reparto entre los campesinos. Las acciones, al
parecer,
fueron reveladas con antelación a los militares y se sospecha la
existencia de
infiltrados. Esto, y las derrotas infligidas a la tendencia “guerra
popular
prolongada”, exacerban la discusión interna en el partido y casi
conducen a la
ruptura.
El
Comité Central, reunido en pleno, acuerda desarrollar un periodo de
discusión
precongreso, el cual instrumentará una comisión especial, pero la
corriente
“foquista” encuentra una salida mejor: culpa de las delaciones a los
principales dirigentes de la “línea de masas” y, sin una escisión
formal,
decreta su muerte por “traición a la patria y a la revolución”. El
brazo que
ejecutará la sentencia sobre nuestro revolucionario es precisamente el
de
Teresa, movido por el resentimiento del desdén pasional y por los
consejeros
“foquistas”. Ella, que permaneció como “correo” del partido, tiene una
entrevista con su ex compañero en la que le informará las condiciones
del
aparente debate. Luego de la conversación formal, caminaron hacia
viejos
recuerdos y terminan refocilándose en la cama hasta el hartazgo.
Aún
bajo los vapores del sueño, en la madrugada, entre sus ropas tiradas
descuidadamente
junto al colchón, Teresa busca el alfiler chino con la mujer y los
paisajes
dibujados en su esfera. Al atravesar la yugular de su amado, en
cumplimiento
estricto de las órdenes revolucionarias recibidas, declama:
¡Oh, Tere!,
¿por qué no me clasificas
entre los
insectos que amas?
--A lo
mejor te convendría que ella también se suicidara, propuso Ramón.
--¡Nel,
hijo! –apuntó Mauricio--. Demasiada sangre…
El salvadoreño
dijo:
--Escríbelo…
Se oye bien, pero va a ser difícil escribirlo… Además, no tienes por
qué
dedicárselo a Dalton. Las semejanzas con su propia historia son
excesivas y
siempre los excesos terminan por echar a perder las cosas…
Se
hizo una pausa durante la cual todos bebimos de la última de las
botellas de
charanda que habíamos conseguido fiadas con el vinatero. Luego, el
salvadoreño
comenzó a contar.
(Del libro inédito Contando historias)
Cuauhtémoc
Méndez